La integración se
basa en el concepto de “normalización” en relación
a un supuesto patrón estándar. En esta concepción, el peso
central
está puesto en la persona, que es la que tiene que adecuarse
al
medio, que permanece inalterable frente a su presencia.
La integración exige que el alumno, aunque con adecuaciones
o adaptaciones, responda al sistema tal como el sistema está
propuesto. El resultado es que el alumno puede estar en el
sistema
mientras responda a lo que se le exige.
En el concepto de Inclusión
no se espera que todos hagan lo mismo
de la misma manera sino que, partiendo de que todos somos
diferentes, se cambia la lógica.
No se espera menos de ningún alumno sino todo lo contrario: se
espera lo máximo de
cada uno y se le dan todos los medios
y apoyos para que
transiten sus caminos. Es la escuela la
responsable de transformarse para educar a todos sus
alumnos, independientemente de sus características.
Desde esta perspectiva, la inclusión está relacionada con el
acceso,
la participación y logros de todos los alumnos, con especial
énfasis
en aquellos que están en riesgo de ser excluidos o
marginados.
La educación
inclusiva, entonces, implica:
• Transformar la cultura, la organización y las prácticas de
las
escuelas para atender a la diversidad de todo el alumnado,
incluidos los alumnos con discapacidad.
• Adaptar la enseñanza a los alumnos y no obligar ni esperar
que
los alumnos se adapten a la enseñanza.
• Dirigir principalmente las acciones a eliminar o minimizar
las
barreras físicas, personales o institucionales que limitan
las
oportunidades de aprendizaje, el pleno acceso y la
participación
de todos los estudiantes en las actividades educativas.